Inclusión y diversidad en la educación: un cambio ya imperioso

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Esta vez, es Clare Ryan quien refleja una mirada hacia la mentalidad de los centros educativos inclusivos y a la enorme responsabilidad que se deposita en las instituciones para integrar a las niñas y a los niños en sistemas sociales que les son nuevos.

“Now that my ladder’s gone, I must lie down where all the ladders start In the foul rag and bone shop of the heart” «Tras la ausencia de mi escalera, yacer debo donde todas las escaleras comienzan, en el fétido taller de andrajos y huesos del corazón» William Butler Yeats

La escolarización constituye, en su fundamento más básico, una tarea con una finalidad moral profunda y perdurable. Fullan no deja lugar a dudas cuando describe el papel, la responsabilidad y el potencial que poseen los centros educativos para nivelar el terreno de juego:

«A escala menor, el propósito moral de la enseñanza pasa por marcar la diferencia en las oportunidades de vida de todos sus estudiantes: diferencia mayor entre los desfavorecidos, con más trecho que acortar. A escala mayor, el propósito moral es la contribución de la enseñanza al desarrollo social y a la democracia».

Existe una necesidad inmediata de demostrar esa finalidad moral, junto con el valor moral requerido que la acompaña.

El flujo de personas refugiadas sirias ha vuelto a sacar a la luz el debate sobre la «inclusión», la capacidad y, efectivamente, la voluntad de la sociedad de responder con empatía ante sus semejantes. La respuesta de Europa ha sido poco impresionante. En realidad, ha hecho falta la imagen del cadáver de un niño pequeño, bocabajo en una playa turca, para forzar por fin a que el mundo reconozca el aprieto de estas personas reales (principalmente madres y padres dispuestos a afrontarse riesgos inimaginables con la esperanza de acceder a un futuro mejor para sus familias).

En los centros educativos, el discurso sobre la inclusión se extiende más allá de la crisis de refugiados y abarca temas como la raza, el género, la pobreza, la etnia, la fe, las desventajas educativas, las necesidades educativas especiales, la salud mental, la discapacidad, suma y sigue. En las aulas de todo el planeta, el tratar de gestionar de manera efectiva la amplitud de la diferencia se torna en nuestro pan de cada día. La escuela es un microcosmos de la sociedad. Sin embargo, el comportamiento que presenciamos en las escuelas (y, en efecto, el que fomentamos educando en valores) representa muy a menudo la antítesis de lo que se materializa y perpetúa en el mundo adulto.

Nuestra juventud, en su mayoría, muestra de manera natural un entusiasmado sentido de justicia social, de ecuanimidad, de optimismo o de empatía: deseo de marcar la diferencia. En los centros educativos nos esforzamos por mostrar una actitud modélica, nos afirmamos en la buena conducta, esperamos un buen comportamiento, lo enseñamos y animamos al mismo. La educación es un entramado que se teje de manera integral en torno al niño o a la niña, integrando el desarrollo y la celebración de la persona, la formación del carácter y la ciudadanía, así como el tejido de relaciones.

La inclusión se extiende más allá de la práctica de la institución. La inclusión es una mentalidad, una cultura, un carisma que, cuando se incorpora como práctica no negociable en el entorno escolar, produce resultados impresionantes. Entraña el acceso al aprendizaje por medio de la diferenciación, la formación de currículos personales, la honra del contexto y la cultura, el cultivo de relaciones con las familias y una práctica profesional que se interrogue continuamente para asegurar que todas resulten beneficiadas. Una escuela inclusiva celebra y reconoce la diversidad en todos los aspectos de la vida humana como algo normal y persigue la concienciación de todos los miembros del entorno escolar con vistas al reconocimiento de que los seres humanos han desarrollado de manera natural un abanico de modos de vida, costumbres, tradiciones y cosmovisiones, que cuentan con una gama de capacidades, que emergen de diversos orígenes y que tal amplitud humana nos enriquece a todos nosotros. La práctica profesional inclusiva ¡requiere un contexto de cuidados y afecto, pues los cuidados y el afecto son importantes!

Una práctica inclusiva, no obstante, no es fácil de conseguir y cada vez es más complicado de mantener por toda una serie de motivos: los niveles crecientes de necesidad, la escasez de recursos, así como incapacidad de las familias para tratar e implicarse con el aprendizaje de sus niñas y niños, o apoyarlos en el mismo. Se dan conflictos de intereses, dado que los valores tan venerados en los centros educativos suelen estar en desacuerdo con las ambiciones de las familias de clase media que valoran antes los resultados que la formación individual y colectiva, dado que los gobiernos y los ministerios de educación requieren medidas de éxito sin tener conciencia del contexto o la clase sociales, dado que entre los mismos estudiantes presencian valores contradictorios en su casa, en su entorno social y en los medios de comunicación.

El reto permanente de la escuela es que continuamente se espera que remedie los males de la sociedad. Los centros educativos, una vez más, aceptarán cantidades de niñas y niños refugiados con poca o ninguna preparación y con sistemas mínimos de apoyo que serían esenciales para una infancia que ha soportado traumas inimaginables: cuidados psicológicos, psiquiátricos o médicos, comunicación y lenguaje, apoyo cultural, apoyo familiar, y así sucesivamente. Una realidad reprobable. A menudo se dará en centros y áreas ya saturados de necesidad: pobres, desfavorecidos, marginales, con necesidades educativas especiales. Por tanto, dónde se alojan las familias, de qué recursos y apoyos se dota a centros educativos, equipos de dirección de centro y docentes, qué andamiajes se proporcionan a las comunidades, determinará en gran medida el éxito en la asimilación de esta infancia en sistemas sociales que les son nuevos y en última instancia la composición de la Europa del futuro.

Clare Ryan es Directora del centro St. Leo's College, Carlow, Ireland. Ha desempeñado una serie de funciones del mundo educativo como coordinadora de enlace centros/familias/entorno, coordinadora nacional para la iniciativa de abandono escolar prematuro de 8 a 15 años o coordinadora nacional adjunta del programa de desarrollo de liderazgo para centros educativos de inclusión social. También ha representado al Departamento de Habilidades y Enseñanza en un grupo de trabajo temático de la U. E. sobre abandono escolar prematuro.